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Decir que usamos IA es como decir que usamos Excel

Cada persona utiliza la IA de forma distinta. Mismo insight distintos resultados

Hace algunos años, decir que una empresa trabajaba con inteligencia artificial decía algo sobre esa empresa. Hablaba de innovación, de capacidad tecnológica, incluso de cierta ventaja frente a sus competidores. Hoy, cada vez menos…

Decir “usamos inteligencia artificial” ya es casi como decir “usamos Excel” o «tenemos Outlook». La IA es una herramienta disponible, cada vez más integrada a nuestra forma cotidiana de producir, analizar, buscar información y resolver problemas.

Por eso, la pregunta interesante ahora es qué somos capaces de hacer gracias a ella.

Estamos dejando atrás una primera etapa marcada por el acceso y la experimentación. Probamos herramientas, generamos textos e imágenes, resumimos documentos, automatizamos tareas, analizamos información. Aprendimos, y seguimos aprendiendo, qué funciona, qué no y hasta dónde podemos confiar.

Hasta ahí, todo bien. El problema aparece cuando se confunde adopción con transformación.

Hacer en una hora algo que antes llevaba cuatro tiene valor, automatizar una tarea repetitiva también. Pero si después de incorporar inteligencia artificial seguimos haciendo exactamente las mismas cosas, de la misma manera y llegando a resultados similares, probablemente hayamos ganado eficiencia, pero todavía no hayamos capturado buena parte de su potencial.

Y es acá donde, para mí, empieza la conversación realmente interesante.

¿Qué podemos hacer hoy que antes no podíamos hacer? ¿Qué podemos analizar con una profundidad que antes resultaba inviable? ¿Qué decisiones podemos tomar mejor? ¿Qué conocimiento podemos encontrar entre cantidades de información que una persona difícilmente podría procesar? ¿Qué podemos personalizar que antes necesariamente tenía que ser masivo? ¿Qué tarea podemos dejar de hacer para dedicar ese tiempo a algo donde nuestro criterio realmente agregue valor?

Cambiar las preguntas cambia la discusión. La IA deja de ser una herramienta que incorporamos y empieza a convertirse en una capacidad que desarrollamos.

Y esa diferencia hace la diferencia; importa y mucho.

Dos empresas pueden tener acceso exactamente a los mismos modelos, contratar las mismas plataformas y utilizar herramientas similares, y obtener resultados completamente diferentes. La tecnología está cada vez más disponible para todos, pero no todos tienen la capacidad de identificar dónde aplicarla, con qué objetivo, sobre qué problema y, sobre todo, qué hacer con el resultado.

Por eso creo que, paradójicamente, cuanto más accesible se vuelve la inteligencia artificial, más importante se vuelve el criterio humano.

Y no me refiero simplemente a saber escribir un buen prompt. Me refiero a algo anterior y bastante más difícil: saber cuál es el problema que vale la pena resolver.

Podemos pedirle a una IA que produzca cien alternativas en segundos; el valor está en reconocer cuál tiene sentido. Podemos analizar una enorme cantidad de datos; el valor está en saber qué estamos buscando y qué decisión estamos dispuestos a tomar a partir de lo que encontremos. Podemos producir mucho más contenido; el valor está en saber y decidir si realmente necesitamos producirlo.

Ni la velocidad, ni el volumen por sí solos, construyen ventaja competitiva. La ventaja empieza a aparecer cuando la tecnología modifica nuestra capacidad de pensar, decidir, crear o resolver.

Y quizás ese sea uno de los desafíos que tenemos hoy quienes trabajamos con organizaciones y marcas. Tenemos que empezar a correr la conversación de “¿estamos usando IA?” hacia “¿dónde está agregando valor?”

Cuando trabajo con una organización, o incluso en mi propia agencia, esa es la pregunta que me interesa hacer. No qué herramientas tiene contratadas ni cuántas personas las utilizan, sino qué cambió desde que las incorporó, qué hace mejor, qué dejó de hacer, qué aprendió, qué decisión puede tomar hoy que antes no podía, qué nueva capacidad construyó.

Dentro de muy poco, decir que una empresa “usa IA” probablemente sea tan poco relevante como decir que tiene conexión a Internet. Lo que va a seguir siendo relevante es qué sabe hacer con ella y, sobre todo, en qué logra ser diferente de sus competidores gracias a ese uso.

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