Boutique de marketing estratégico

Donde hablar incomoda, el silencio asciende.

No siempre el problema es un jefe gritón. Muchas veces, lo que deteriora la cultura organizacional es más sutil, es el miedo a hablar. Cuando alguien se anima a decir lo que el líder no quiere oír (una crítica, un límite, una verdad incómoda) y eso se paga caro, el mensaje no solo es para esa persona, sino para toda la organización.

Hay líderes que están tan acostumbrados a que nadie los contradiga que no saben qué hacer cuando alguien lo hace. La respuesta puede ir desde el destrato hasta el desgaste del vínculo, y en muchos casos, la desvinculación directa de quien habla y plantea verdades incómodas. Lo irónico es que, muchas veces, no se trata de un conflicto grave, sino simplemente de alguien que pone en palabras lo que muchos piensan y nadie dice.

¿Y qué pasa con los que se quedan?

Se instala el silencio y se debilita la confianza. La creatividad y la iniciativa ceden lugar al cálculo, a la prudencia excesiva, al “mejor no arriesgar”. En lugar de aportar lo mejor de sí, muchos terminan adaptándose al clima volviéndose obedientes, evitando incomodar, y haciendo malabares para quedar bien; no por falta de talento, sino por temor a perder el trabajo.

En ese contexto, no es extraño que muchas organizaciones se rodeen de personas cercanas, muchas veces amigos. Y no porque sean menos capaces, de hecho, pueden ser perfectamente idóneos, sino porque se confía en que no van a incomodar y que mantendrán un alineamiento total.

El problema surge cuando alguno de esos cercanos deja de replicar el “sí, sí” constante, cuando marca una diferencia, pone un límite o expresa una mirada incómoda… justo eso que, hasta entonces, era valorado por su sinceridad.

Ahí todo se resiente. Porque la lealtad ya no se mide por la trayectoria, el aporte o la experiencia, sino por la capacidad de no cuestionar o de no plantear un problema.

Entonces se olvida el talento, la experiencia, el conocimiento acumulado, el cariño y hasta la camiseta puesta durante años. Para este líder, transar o buscar consenso no es una opción. Y ante la incomodidad, que no refleja otra cosa mas que una inmensa inseguridad, tira por la borda el cargo, el know how, la amistad y cualquier vestigio de lo que fue.

Esto no solo afecta el clima interno, también deteriora la marca empleadora y, con el tiempo, la reputación de la empresa hacia afuera. Porque una organización donde hablar tiene consecuencias negativas es una organización que no escucha, no aprende y no mejora.

La cultura se construye con lo que se permite, pero también con lo que se castiga. Y cuando lo que se castiga es la honestidad, la incomodidad o la diferencia, hay algo más profundo que una mala relación, hay un liderazgo que está debilitando la marca desde adentro.

¿Hay solución? Difícil cuando el que debería verla solo se mira el ombligo…

Scroll al inicio