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Inteligencia artificial

Comunicación, Innovación, Inteligencia artificial, Marketing

¿Quién aprende cuando la IA hace el trabajo?

En el artículo anterior me preguntaba qué pasa cuando la respuesta llega antes que el criterio para evaluarla, y mientras lo escribía apareció otra pregunta, todavía más incómoda. ¿Cómo construimos ese criterio si empezamos a delegar en la IA parte del proceso con el que antes lo adquiríamos? Durante años, buena parte del aprendizaje profesional surgía del hacer, y muchas veces de hacer cosas bastante poco interesantes. Buscar información, ordenar datos, comparar alternativas, preparar una primera versión, revisar, equivocarse, recibir una devolución y volver a empezar. Quienes llevamos algunos años trabajando, y en mi caso son mucho más que “algunos”, seguramente podemos reconocer varias tareas que hoy una IA puede resolver en minutos y que a nosotros nos llevaron horas, días y más de un dolor de cabeza. Que esas tareas hoy puedan automatizarse es una gran noticia. No creo que haya ningún mérito especial en tardar cuatro horas en algo que hoy podemos hacer en veinte minutos. Tampoco tendría sentido conservar procesos ineficientes simplemente porque nosotros aprendimos de esa manera. Pero en esas cuatro horas no solamente hacíamos una tarea, también estábamos aprendiendo. Y eso es lo que me preocupa y creo que las organizaciones deberíamos empezar a mirar con más atención. Mientras buscábamos información aprendíamos dónde buscarla y qué fuente era confiable, mientras armábamos una presentación entendíamos qué era importante y qué podía quedar afuera, mientras hacíamos un análisis empezábamos a reconocer patrones, y mientras escribíamos una primera versión descubríamos que una idea que parecía muy buena en nuestra cabeza quizás no funcionaba cuando intentábamos desarrollarla. Entonces, mientras nos equivocábamos, aprendíamos a reconocer el error, lo veíamos y lo podíamos subsanar la próxima vez. La inteligencia artificial puede eliminar una parte enorme de esa fricción, puede darnos una primera versión bastante buena antes de que hayamos tenido que construir una mala, puede ordenar información antes de que hayamos tenido que entender cómo ordenarla y puede detectar patrones antes de que hayamos aprendido a buscarlos. Eso mejora muchísimo la productividad, pero… ¿qué pasa con el aprendizaje que ocurría durante el camino? Esto lo veo tanto en la universidad como en el trabajo. Hoy, alguien que recién empieza puede producir en muy poco tiempo algo que hace algunos años hubiera requerido bastante más experiencia. Eso abre posibilidades enormes y permite acelerar procesos, elevar el punto de partida y dedicar tiempo a problemas más interesantes, pero también genera una situación nueva. Esa persona puede obtener resultados de un nivel que probablemente todavía no tiene el conocimiento suficiente para evaluar. Y ahí volvemos al criterio. ¿Cómo sé que un análisis es bueno si nunca tuve que construir uno desde cero? ¿Cómo detecto que falta una variable importante? ¿Cómo cuestiono una recomendación que está perfectamente argumentada? ¿Cómo reconozco una idea mediocre cuando está impecablemente escrita? Durante mucho tiempo, la experiencia profesional funcionó como una especie de acumulación; hacíamos, observábamos, nos equivocábamos, corregíamos y, con los años, empezábamos a reconocer cosas que al principio no veíamos. La IA comprime una parte de ese recorrido, y quizás nuestro desafío no sea impedirlo, sino rediseñar cómo se aprende dentro de ese nuevo recorrido. En la universidad estoy dando una materia basada en simuladores de negocios. Los alumnos trabajan en equipo, analizan información, definen una estrategia, toman decisiones y ven las consecuencias de esas decisiones a medida que avanza la simulación. Y de esa experiencia tomo algo que me resulta re interesante, y es que lo más importante que se evalúa no es quién obtiene la mejor performance, sino que los alumnos puedan explicar qué estrategia eligieron y por qué, que identifiquen dónde se equivocaron, que puedan reconocer qué decisión produjo determinado resultado, qué señales no vieron a tiempo y qué hicieron cuando las cosas no salieron como esperaban. Y, sobre todo, que al terminar puedan responder una pregunta bastante simple: si tuvieran que volver a hacerlo, ¿qué harían diferente? Y ahí es donde aparece el aprendizaje. Analizar antes de decidir, tomar una decisión, observar qué ocurre, equivocarse, volver sobre lo hecho, entender, ajustar y planificar mejor la próxima vez. Un equipo puede incluso haber obtenido un resultado excelente y, sin embargo, no ser capaz de explicar por qué. Otro puede haberse equivocado y haber comprendido perfectamente qué ocurrió, qué debería haber visto y cómo modificaría su estrategia. ¿Quién aprendió más? Esa es la pregunta relevante en tiempos de IA. Quizás tengamos que empezar a separar con mucha más claridad la calidad del resultado de la calidad del aprendizaje que produjo ese resultado. Y todo esto cambia, y mucho, la conversación sobre capacitación en IA. Enseñar a usar herramientas es necesario, pero probablemente sea lo más sencillo. El desafío más complejo es pensar qué experiencias necesitan las personas para desarrollar las capacidades que antes se construían casi incidentalmente mientras trabajaban. Probablemente un junior ya no necesite pasar horas recopilando información, y eso está genial, ya que podemos usar ese tiempo para que compare fuentes, cuestione lo que encontró la IA, defienda por qué eligió una alternativa y descarte otras. Puede no tener que escribir diez primeras versiones, pero sí debería poder explicar por qué la versión que eligió es mejor que las demás. La tecnología puede acortar el camino hacia el resultado, pero no debería acortar el camino hacia la comprensión. Y acá tenemos una responsabilidad enorme quienes lideramos equipos, trabajamos como consultores o enseñamos. Como dije en el primer artículo de esta serie, incorporar IA y celebrar las horas que ahorramos no nos hace diferentes. Tenemos que preguntarnos qué estamos haciendo con esas horas y, especialmente, cómo estamos formando a las personas que dentro de algunos años tendrán que tomar decisiones que hoy todavía toman quienes tienen más experiencia. Si la IA hace cada vez mejor el trabajo inicial y las personas con experiencia son quienes tienen el criterio para supervisarlo, ¿de dónde van a salir los próximos expertos? Yo no tengo una respuesta cerrada y quizás todavía nadie la tenga. Pero sí estoy segura es de que la solución no pasa por volver atrás

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¿Qué pasa cuando la respuesta llega antes que el criterio?

En 1993 terminé la universidad. Mi tesis la escribí a máquina. No había computadora (o sí había, pero solo algunas empresas usaban), ni Google ni posibilidad de corregir una palabra sin volver sobre lo escrito. Escribía, corregía, reescribía. Buscaba información, la contrastaba, preguntaba. Muchas veces me equivocaba y tenía que volver a empezar. Mi vida profesional comenzó de una manera bastante parecida. Trabajábamos con lo que sabíamos, aprendíamos de quienes tenían más experiencia, probábamos, nos equivocábamos, corregíamos y volvíamos a hacer. Muchas respuestas llegaban después de haber recorrido un camino bastante largo para encontrarlas. No cuento esto desde la nostalgia. No creo que trabajar así haya sido mejor y, definitivamente, no tengo ningún interés en volver a escribir una tesis a máquina. Lo que me interesa es otra cosa. ¿Qué aprendimos durante ese proceso además de aquello que estábamos intentando aprender? Porque quizás desarrollamos algo que hoy, frente a la inteligencia artificial, se vuelve especialmente valioso, el criterio. La IA modificó radicalmente el orden de las cosas. La respuesta puede aparecer antes de que hayamos atravesado el proceso necesario para construirla. Podemos pedir una estrategia, un análisis, un texto, una hipótesis o veinte alternativas y tenerlas frente a nosotros en segundos. Eso es extraordinario. Pero también abre una pregunta que a mí me interesa cada vez más: ¿qué pasa cuando tenemos la respuesta antes de haber desarrollado el criterio necesario para evaluarla? Y no planteo esto como una discusión sobre edad ni como una defensa de una generación frente a otra. Soy madre de dos adolescentes y docente universitaria. Trabajar con jóvenes es una de las experiencias que más disfruto porque me obliga permanentemente a revisar mi propia manera de entender las cosas. Me acerca, me conecta y aprendo de ellos todos los días. Son nativos digitales que se mueven entre el mundo analógico y el digital como peces en el agua, con una naturalidad que quienes venimos de otra generación tuvimos que adquirir. Exploran sin miedo, prueban, incorporan herramientas con una velocidad sorprendente y tienen formas de relacionarse con la información, la tecnología y hasta con el aprendizaje que muchas veces desafían las nuestras. Por eso no creo que haya una generación mejor preparada que otra. Tenemos recorridos diferentes y, justamente por eso, capacidades diferentes. Quienes desarrollamos buena parte de nuestra vida profesional antes de Internet tuvimos, por necesidad, que construir ciertas habilidades sin disponer de esta tecnología. Aprendimos a buscar sin saber exactamente dónde estaba la respuesta, a comparar fuentes, a convivir con la duda, a detectar cuando algo no cerraba y, muchas veces, a equivocarnos antes de entender por qué. Las nuevas generaciones parten desde otro lugar. Tienen acceso inmediato a una cantidad de conocimiento y a una capacidad de procesamiento que para nosotros hubiera sido inimaginable. No debemos pedirles que aprendan como aprendimos nosotros, sino ayudarlos a construir criterio sin obligarlos a renunciar a las herramientas extraordinarias que tienen disponibles. Y nosotros también tenemos mucho que aprender de ellos. Quizás ahí esté una de las oportunidades más interesantes de este momento, combinar experiencia y criterio con una generación que entiende la tecnología casi intuitivamente. Dejar de discutir quién está mejor preparado y empezar a preguntarnos qué podemos construir cuando esas capacidades se encuentran. Porque la IA agrega además una nueva complejidad. La herramienta que más capacidad nos da también puede evitarnos parte del proceso mediante el cual aprendemos a usar bien esa capacidad. Trabajar bien con la IA no consiste en aceptar de una la primera respuesta. Al menos, no es así como yo la uso. La primera respuesta muchas veces es apenas materia prima. La leo, cuestiono lo que no me convence, saco lo obvio, corrijo, agrego contexto, vuelvo a preguntar, cambio el enfoque. A veces termino bastante lejos de aquella primera versión. Y es precisamente en esas idas y vueltas donde encuentro el mayor valor. La IA propone, y yo necesito saber si aquello tiene sentido. Puede encontrar información, pero necesito reconocer qué es relevante. Puede construir un argumento, pero necesito detectar dónde es débil. Puede escribir algo impecablemente correcto que, sin embargo, no diga absolutamente nada interesante. Y para hacer todo eso necesito saber qué considero bueno para mí, qué me sierve. Y eso es algo que la herramienta no puede decidir por mí. Por eso creo que la conversación sobre la inteligencia artificial y el talento debería empezar a incorporar otra pregunta. ¿Estamos enseñando a las personas a usar IA?. ¿Estamos enseñando con la misma intensidad a desarrollar el criterio necesario para discutir con ella? Porque saber pedir va a ser cada vez menos diferencial. Los modelos entenderán mejor nuestras intenciones, necesitarán menos instrucciones y producirán mejores primeras respuestas. Saber evaluar en cambio, va a ser cada vez más importante.   Y esto tiene consecuencias para las organizaciones y también para quienes enseñamos. Incorporar IA no debería consistir solamente en capacitar equipos o alumnos en herramientas. También debería obligarnos a pensar cómo desarrollamos experiencia, pensamiento crítico y capacidad de decisión en personas que van a tener disponible, desde el comienzo de sus carreras, una asistencia que generaciones anteriores tuvimos que aprender a trabajar sin ella. Quizás el desafío no sea preservar las viejas formas de hacer las cosas, de hecho muchas merecen desaparecer. El desafío es preservar y encontrar nuevas maneras de desarrollar las capacidades que construíamos mientras hacíamos las cosas de aquella manera, y poder combinarlas con las nuevas capacidades que están desarrollando quienes crecieron en un mundo completamente diferente. Tener una respuesta nunca fue lo mismo que saber. Y quizás una de las grandes oportunidades que nos abre la IA sea justamente aprender a construir mejores respuestas entre generaciones que aprendimos a pensar de maneras diferentes.

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Cuando todos escriben igual, nadie dice nada.

¿Qué está pasando que todos los posteos en las redes son iguales y están escritos por la misma pluma? Hoy scrollear en LinkedIn no hace más que reforzar esta idea. Empresas, personas, medios, todos escriben igual, todos usan los mismos iconitos, las mismas palabras, los mismos guiños y recursos… Pero claro, no son las personas, es el GPT. Hoy existe un uso indiscriminado de esta herramienta, o quizás más que indiscriminado es el uso sin conocimiento, sin sentido o, peor, el uso apurado, el que va arruinando los contenidos. Todo el tiempo vemos posteos que incluyen los comentarios previos o posteriores que arroja el GPT cuando nos hace una devolución y que fueron incluidos por descuido. Es lo mismo que encontrar publicaciones sin acentos, comas o con errores de ortografía. Eso es “flojera”. ¿Cuánto nos puede demorar pasar un corrector que acomode lo que se nos pasó? “Como modelo de lenguaje AI, no tengo acceso a información en tiempo real ni puedo conocer los detalles específicos de las discusiones legislativas o acuerdos nacionales después de mi fecha de corte en septiembre de 2021”. Este texto aparece “colado” en el proyecto de ley de un congresista peruano en su artículo V. “Te lo dejo con el mismo largo, la misma idea y tu tono intacto, pero ajustando mínimamente para que fluya mejor y se lea más limpio, sin agregar ni suavizar nada.” Así arrancaba un posteo de un medio gráfico en LinkedIn. Son solo algunos ejemplos de lo que vemos a diario. El problema está en que hoy cualquiera siente que puede escribir, total… “total el GPT lo hace por mí”. Y el resultado son post, artículos, notas, comentarios llenos de💡🎯📌👏🙌❤️🔥🌐📈📣🕒🛠️🔍🧩🛡️✅ (¿te suenan?) , puntos que cortan la redacción, palabras entre “-” que aclaran lo que se podría escribir de corrido y un montón de cosas que se repiten, en el mejor de los casos; porque en el peor, son errores graves debidos a que el GPT se equivoca, mezcla o dice cualquier cosa. No podemos escribir sobre un tema que no conocemos, al igual que no podemos usar el traductor si no hablamos el idioma al cual vamos a traducir. Sirve, sí, claro que sirve, pero sirve como ayuda, no como reemplazo del conocimiento. Algunas de las cosas que suceden dentro del ecosistema digital (y afuera también) “Cortar y pegar” como nueva norma Antes, quien no sabía escribir contrataba a alguien o se formaba para hacerlo. Hoy basta con copiar y pegar lo que el GPT devuelve, sin leer, sin corregir, sin pensar si tiene sentido. Eso empobrece el contenido y mata la conversación. Falsa autoridad Gente opinando “con seguridad y conocimiento” sobre temas que no domina, solo porque GPT les dio un texto convincente. No hay expertise, pero hay tono de experto. Eso no solo confunde, sino que erosiona la confianza. Lenguaje homogeneizado El abuso del GPT está borrando las particularidades de estilo. Los posteos suenan igual, las frases se repiten, las metáforas se reciclan. Es un commodity de ideas rápido, barato y siempre igual. Gran riesgo para medios y marcas Un medio que publica sin verificar lo que la IA genera arriesga credibilidad. Una marca que postea sin revisar se juega su reputación, y en comunicación la reputación lo es todo. Falsa productividad Usar GPT “para ahorrar tiempo” puede salir carísimo si lo que publicás daña tu imagen o tu autoridad en el tema. Y cuando digo que esto ocurre afuera también es porque mucho de lo que se produce con el GPT trasciende las fronteras de lo digital y lo encontramos en trabajos escritos de estudiantes, de profesionales, en cartas, artículos periodísticos, textos de publicidades, etc. Escribir porque todos lo hacen pone en riesgo a quien lo hace, si no es lo suyo, y arruina el gusto por la lectura de los otros. Puede que muchos de ustedes aún no se hayan dado cuenta de que leen todo igual, y está bien, porque no son comunicadores como yo que, por deformación profesional, veo todos los detalles cuando leo, mucho más de lo que me gustaría. Pero ya lo van a empezar a sentir, cuando se aburran de ver siempre lo mismo independientemente de quién sea el autor de aquello que están leyendo. No hagas lo que hacen todos solo por el hecho de estar. Sé auténtico, identificá en qué sos bueno y qué podés hacer con eso. Seguramente de esa forma vas a lograr conectar con tu audiencia. La autenticidad es el factor más importante que tenés que tener en cuenta si querés construir relaciones a largo plazo con tu público. No tenés que escribir perfecto, tenés que ser vos, porque tu voz es la que va a resonar del otro lado.

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El valor de la curaduría humana en tiempos de algoritmos

Durante años nos vendieron que el algoritmo era el puente perfecto para conectar con nuestra audiencia. Que con sus cálculos podía mostrar exactamente lo que queríamos ver, basado en nuestras últimas búsquedas, clics o compras. Pero eso tiene trampa. El algoritmo ya es una curaduría hecha de antemano, diseñada con intereses y objetivos que no siempre priorizan la diversidad o la calidad, y el resultado termina siendo más de lo mismo. Recomendaciones que refuerzan lo que ya consumimos, encerrándonos en burbujas y dejando afuera miradas distintas que podrían enriquecernos. Curar no es predecir La curaduría no es “adivinar” lo próximo que vas a mirar, leer o comprar; es elegir con criterio, es sumar contexto, entender matices y abrir posibilidades. No se queda con lo que es tendencia hoy, sino que rescata lo que es relevante aunque esté fuera del radar. Y ahí aparece la sensibilidad humana, eso que ningún algoritmo, por más sofisticado que sea, puede replicar. Cuando hay un curador aparecen voces y fuentes que de otra manera quedarían invisibles. Hay contexto cultural y social para entender por qué eso importa, sabemos quién eligió y con qué criterio, y por ende, se genera una conexión auténtica, no solo clics. Un camino posible No debemos pelear contra la tecnología, tenemos que buscar la forma de equilibrarla. Algunas plataformas ya lo hacen, combinando la recomendación automática con colecciones elegidas por personas, y hasta surgen proyectos que apuestan directamente a feeds curados de forma humana, sin algoritmos de por medio. Por qué importa No estamos en guerra contra la tecnología, buscamos un equilibrio. Plataformas como Netflix y YouTube Kids ya lo hacen ofreciendo colecciones humanas junto a recomendaciones algorítmicas; Flipboard mezcla revistas creadas por usuarios con ajustes editoriales; Apple Music suma playlists curadas; Hulu separa lo trendy seleccionado por personas y lo personalizado por IA; Apple News compara secciones destacadas por editores frente al algoritmo; y proyectos como PI.FYI o Spread promueven feeds curados íntegramente por personas. Si el algoritmo ya decide qué vemos, ¿qué rol queremos darle a la curaduría humana? Este es solo el primer paso para repensar cómo conectamos con las audiencias en la era digital. En los próximos artículos voy a explorar cómo se construye una buena curaduría, qué habilidades se requieren y qué pasa cuando la dejamos en manos de la inteligencia artificial.

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