¿Qué pasa cuando la respuesta llega antes que el criterio?
En 1993 terminé la universidad. Mi tesis la escribí a máquina. No había computadora (o sí había, pero solo algunas empresas usaban), ni Google ni posibilidad de corregir una palabra sin volver sobre lo escrito. Escribía, corregía, reescribía. Buscaba información, la contrastaba, preguntaba. Muchas veces me equivocaba y tenía que volver a empezar. Mi vida profesional comenzó de una manera bastante parecida. Trabajábamos con lo que sabíamos, aprendíamos de quienes tenían más experiencia, probábamos, nos equivocábamos, corregíamos y volvíamos a hacer. Muchas respuestas llegaban después de haber recorrido un camino bastante largo para encontrarlas. No cuento esto desde la nostalgia. No creo que trabajar así haya sido mejor y, definitivamente, no tengo ningún interés en volver a escribir una tesis a máquina. Lo que me interesa es otra cosa. ¿Qué aprendimos durante ese proceso además de aquello que estábamos intentando aprender? Porque quizás desarrollamos algo que hoy, frente a la inteligencia artificial, se vuelve especialmente valioso, el criterio. La IA modificó radicalmente el orden de las cosas. La respuesta puede aparecer antes de que hayamos atravesado el proceso necesario para construirla. Podemos pedir una estrategia, un análisis, un texto, una hipótesis o veinte alternativas y tenerlas frente a nosotros en segundos. Eso es extraordinario. Pero también abre una pregunta que a mí me interesa cada vez más: ¿qué pasa cuando tenemos la respuesta antes de haber desarrollado el criterio necesario para evaluarla? Y no planteo esto como una discusión sobre edad ni como una defensa de una generación frente a otra. Soy madre de dos adolescentes y docente universitaria. Trabajar con jóvenes es una de las experiencias que más disfruto porque me obliga permanentemente a revisar mi propia manera de entender las cosas. Me acerca, me conecta y aprendo de ellos todos los días. Son nativos digitales que se mueven entre el mundo analógico y el digital como peces en el agua, con una naturalidad que quienes venimos de otra generación tuvimos que adquirir. Exploran sin miedo, prueban, incorporan herramientas con una velocidad sorprendente y tienen formas de relacionarse con la información, la tecnología y hasta con el aprendizaje que muchas veces desafían las nuestras. Por eso no creo que haya una generación mejor preparada que otra. Tenemos recorridos diferentes y, justamente por eso, capacidades diferentes. Quienes desarrollamos buena parte de nuestra vida profesional antes de Internet tuvimos, por necesidad, que construir ciertas habilidades sin disponer de esta tecnología. Aprendimos a buscar sin saber exactamente dónde estaba la respuesta, a comparar fuentes, a convivir con la duda, a detectar cuando algo no cerraba y, muchas veces, a equivocarnos antes de entender por qué. Las nuevas generaciones parten desde otro lugar. Tienen acceso inmediato a una cantidad de conocimiento y a una capacidad de procesamiento que para nosotros hubiera sido inimaginable. No debemos pedirles que aprendan como aprendimos nosotros, sino ayudarlos a construir criterio sin obligarlos a renunciar a las herramientas extraordinarias que tienen disponibles. Y nosotros también tenemos mucho que aprender de ellos. Quizás ahí esté una de las oportunidades más interesantes de este momento, combinar experiencia y criterio con una generación que entiende la tecnología casi intuitivamente. Dejar de discutir quién está mejor preparado y empezar a preguntarnos qué podemos construir cuando esas capacidades se encuentran. Porque la IA agrega además una nueva complejidad. La herramienta que más capacidad nos da también puede evitarnos parte del proceso mediante el cual aprendemos a usar bien esa capacidad. Trabajar bien con la IA no consiste en aceptar de una la primera respuesta. Al menos, no es así como yo la uso. La primera respuesta muchas veces es apenas materia prima. La leo, cuestiono lo que no me convence, saco lo obvio, corrijo, agrego contexto, vuelvo a preguntar, cambio el enfoque. A veces termino bastante lejos de aquella primera versión. Y es precisamente en esas idas y vueltas donde encuentro el mayor valor. La IA propone, y yo necesito saber si aquello tiene sentido. Puede encontrar información, pero necesito reconocer qué es relevante. Puede construir un argumento, pero necesito detectar dónde es débil. Puede escribir algo impecablemente correcto que, sin embargo, no diga absolutamente nada interesante. Y para hacer todo eso necesito saber qué considero bueno para mí, qué me sierve. Y eso es algo que la herramienta no puede decidir por mí. Por eso creo que la conversación sobre la inteligencia artificial y el talento debería empezar a incorporar otra pregunta. ¿Estamos enseñando a las personas a usar IA?. ¿Estamos enseñando con la misma intensidad a desarrollar el criterio necesario para discutir con ella? Porque saber pedir va a ser cada vez menos diferencial. Los modelos entenderán mejor nuestras intenciones, necesitarán menos instrucciones y producirán mejores primeras respuestas. Saber evaluar en cambio, va a ser cada vez más importante. Y esto tiene consecuencias para las organizaciones y también para quienes enseñamos. Incorporar IA no debería consistir solamente en capacitar equipos o alumnos en herramientas. También debería obligarnos a pensar cómo desarrollamos experiencia, pensamiento crítico y capacidad de decisión en personas que van a tener disponible, desde el comienzo de sus carreras, una asistencia que generaciones anteriores tuvimos que aprender a trabajar sin ella. Quizás el desafío no sea preservar las viejas formas de hacer las cosas, de hecho muchas merecen desaparecer. El desafío es preservar y encontrar nuevas maneras de desarrollar las capacidades que construíamos mientras hacíamos las cosas de aquella manera, y poder combinarlas con las nuevas capacidades que están desarrollando quienes crecieron en un mundo completamente diferente. Tener una respuesta nunca fue lo mismo que saber. Y quizás una de las grandes oportunidades que nos abre la IA sea justamente aprender a construir mejores respuestas entre generaciones que aprendimos a pensar de maneras diferentes.









